miércoles, 27 de agosto de 2014

Enrique Ponce: LA GEOMETRÍA DE LA PASIÓN






 Enrique Ponce, que viene a torear a esta Lima 2014, es la sabiduría taurina, el arte, la belleza del toreo, la escultura viva sobre el ruedo. Es el poderío, el dominio total del oficio, la hondura de la lidia. Es también la juventud experta, el conocimiento cabal de todas las suertes, el temple y el valor.


1.

Ningún aficionado tiene dudas: Ponce es una de las figuras del toreo de todas las épocas. Junto a Paquiro, Pepe Hillo, Lagartijo, Frascuelo, Bombita, Machaquito, Joselito, Belmonte, Domingo Ortega, Manolete, Bienvenida, Ordóñez... figurará siempre el nombre de Enrique Ponce que es ya Historia del toreo. Pocos matadores tan completos ha dado la Fiesta. Es un prodigio sobre la arena. Puede con todos los toros y ha sabido encender a todos los públicos. Tiene además una gran capacidad para la comunicación. Es un maestro.

Mario Vargas Llosa ha dicho del maestro: “En Enrique Ponce se reúne una combinación de talento natural, esfuerzo y disciplina que le permite llegar a dominar ese arte difícil, esa destreza llena de misterio que es la Tauromaquia. Su trayectoria no ha sido una rutina, cada corrida ha sido para él una aventura y un acto de creación, en el sentido más artístico y más estético que tiene esta palabra. Su toreo comparte la inspiración, la intuición, la fantasía en unas dosis que se van combinando de manera magistral. Su vocación fue precoz y el talento también. Esa autoexigencia le llevó a hacer grandes sacrificios desde muy joven, inverosímiles para quien era un niño.

Es una persona transparente, una persona de una sola palabra y de una sola pieza a quien, cuando uno conoce, no solo admira por lo que hace sino quiere por lo que es. Enrique Ponce es una persona genial y deslumbrante, al mismo tiempo que sencilla y generosa, sin las pequeñeces que a veces acompañan al genio. Tiene el culto de la amistad y es una persona que carece de envidias, que goza con el triunfo de sus compañeros.

Cuando uno piensa en todos los éxitos que ha tenido Enrique Ponce por el mundo piensa que debe ser un hombre muy feliz, un hombre elegido por los dioses y la buena fortuna, y efectivamente es así: ha ganado los mejores laudos en su profesión, que es también su vocación, está casado con una mujer que además de bellísima es encantadora, tiene dos hijas preciosas que son las niñas de sus ojos, y parece verdaderamente la hechura y el dechado de la felicidad.

2.

La vida de Ponce ha estado entregada en su plenitud al toro bravo, un animal al que ama y respeta de una forma desmedida. Su trayectoria es un compendio de talento natural, esfuerzo, disciplina y autoexigencia desde que era un niño. Quién se iba a imaginar que aquel niño iba a ser quien es actualmente: un maestro del toreo que lleva a sus espaldas una carrera de gloria y triunfos como ninguna.

Y Enrique Ponce lleva indultados hasta el momento 31 toros. El dato puede parecer a simple vista una curiosidad estadística, incluso habrá quien lo interprete como un fenómeno propio de nuestro tiempo, sin embargo, la enorme relevancia del hecho y todo lo que significa, no puede pasar desapercibido en el panorama actual de la tauromaquia.

Es indudable que nos hallamos ante un acontecimiento anómalo en la historia del toreo y su interpretación merece ser analizada con detenimiento. Se puede argumentar que, actualmente, el público muestra mayor blandura en todas las cuestiones que tienen que ver con la muerte de los animales. También cabe plantearse si las ganaderías en los últimos tiempos no han construido un toro más complaciente con los diestros. Es posible, que estos y otros elementos puedan tener cierta relación con el número de indultos, pero aún así, surge inevitablemente la misma pregunta ¿Si las condiciones son tan óptimas por qué los demás diestros no indultan con tanta facilidad?

Ese es el núcleo de la cuestión. Si establecemos un orden en lo que entendemos como la maestría de un matador, obviamente, la suerte final es la que figuraría en primer lugar. Resulta evidente que el momento decisivo no se obtiene sin un perfecto conocimiento del cornúpeto. No sólo se trata de una cuestión de pericia en clavar y acertar el punto exacto sino que para ello hay que poseer una enorme intuición del toro que se tiene enfrente y haberlo conducido hasta allí en determinadas condiciones. Una buena muerte es el colofón de un complejo proceso armónico cuyo principio empieza unos años antes de la corrida, si ésta no ha funcionado perfectamente, la mejor de las muertes se convierte en una simple ejecución. Semejante acto, tan decisivo en el conjunto de la lidia, es también el resultado de una combinación de virtudes en el diestro, las cuales, entre las más destacadas, figura en primer lugar el conocimiento del animal, y por consecuencia, el dominio del hombre sobre la irracionalidad.

3.

Ocurre como en todas las artes; por encima de cualquier otra capacidad, ya sea fuerza, gracia o arrojo, admiramos la inteligencia del hombre capaz de dominar la abrupta naturaleza y generar la belleza. Unas veces con unas piedras convertidas en Venus o en Partenón, otras con simples pigmentos de color mezclados en aceite y transformados en Meninas. Se trata del mismo proceso que lleva al torero a enfrentarse con una fuerza feroz de media tonelada. Un enfrentamiento con la energía brava e indómita del toro y que sólo el genio humano es capaz de transformar en acoplamiento armónico lo que de natural sería pura bestialidad.

Si invertimos el tema y lo planteamos desde la óptica del protagonismo animal en la tauromaquia, tendremos que convenir que el mejor matador será quien consiga un mayor lucimiento del toro, y semejante requisito, hoy por hoy, es Enrique Ponce el que mejor lo exhibe en el mundo taurino. Bajo este concepto, sus numerosos indultos lo avalan como un espléndido e insólito torero.

La habilidad que muestra para extraer lo más estimable del otro protagonista del rito, es excepcional. Con semejante facilidad de percepción, Ponce consigue momentos donde la simbiosis con el toro nos resulta fascinante y ello, sólo es posible alcanzarlo uniendo dos condiciones que raramente afloran juntas en los matadores; la primera, el conocimiento y la segunda, la generosidad.

Enrique Ponce no se lanza previamente al lucimiento personal. Se olvida conscientemente de su “yo” para encarar la lidia hacia el descubrimiento de las mejores dotes del animal, situándose en un plano de enorme generosidad y reverencia con el toro. Sus faenas son actos de amor hacia él y la consecuencia es un ensamblaje perfecto. Los que le conocemos personalmente, podemos observar desde las gradas como su más profundo temperamento humano se manifiesta con toda transparencia durante la lidia. En la plaza es paciente, delicado, ingenioso y solamente enérgico cuando resulta inevitable. Conduce la faena con la misma suavidad con la cual los mejores artistas nos ofrecen sus obras, imprimiendo una sensación de facilidad capaz de hacernos olvidar incluso el riesgo evidente.

Ante un toreo abocado hoy hacia la exhibición circense, donde un solo protagonista busca por encima de todo el lucimiento, Enrique Ponce opta por todo lo contrario, y es precisamente esta virtud la clave de su éxito. Lo encuentra sin buscarlo. Este hombre podría decir lo mismo que Picasso “yo no busco, encuentro”.

martes, 26 de agosto de 2014

Manolete / LA PASIÓN PROHIBIDA








La madrugada del 29 de agosto de 1947, moría en la plaza de toros de Linares, el gran maestro Manolete. Un torero casi un Quijote místico, capaz de conjugar dos verbos exclusivos de toreros de época: el aguantar y el ligar, que lo convertiría en un adelantado de lo que en el futuro devendría la fiesta brava. Y lo mató un toro de la ganadería de Miura cuando apenas tenía 30 años en la liturgia plena de su conciencia y, valga esta crónica, medio siglo después, como homenaje y exigua remembranza de su memoria viva.


 



Una crónica de ELOY JÁUREGUI




1.


Manolete tenía dos vidas. La suya que era en suma intensa y hedonista. La otra -no menos suya-, más bien dramática, callada y profunda. Que era distinto Manuel Rodríguez Sánchez, cierto que lo era. De esos seres insólitos e inusitados. Que era sorprendente y original Manolete, un personaje preciso, una afable criatura honesta e incorruptible. Un ciprés vestido de alamares con su semisonrisa de amargura burlando la alegría. Un hombre enhiesto curtido por los vientos y el justiciero sol de aquella Córdoba amada donde nació en la calle Conde de Torres Cabrera, número 6, un 4 de julio de 1917 y allí cerca se bautizó, a la vera de la parroquia de Santa María de las Aguas San tas, exaltado en sus venas por toda una gran genealogía taurina de los califas cordobeses.


Muéstrese no más que su tío abuelo fue Pepete muerto también por un toro de Miura, “Jocinero”, con quien se inicia la leyenda trágica de esa ganadería en la plaza de Madrid un 20 de abril de 1862. Que su padre, que llevaba el mismo nombre de Manuel Rodríguez Sánchez y también era un Manolete y fue matador aunque con menos brillo y fue hermano del también torero Bebe Chico. Que por línea materna nuestro Manolete era hijo de Angustias Sánchez Martínez, que en un principio fue viuda de Rafael Molina “Lagartijo Chico” y también enviudó de don Manuel cuando el niño Manolete tenía apenas .seis años.


Y cómo no salir torero si en sus venas estaba tatuado el riesgo del arte y de la gloriosa muerte. Ya a los 16 años  se lo anuncia en una novillada en el pueblo de Cabra, al sur de Córdoba y dos meses más tarde, integran el grupo “Los Califas” que recorrían los lugarejos y villorrios andaluces desde la Giralda hasta la Mezquita. Manolete, llamado así por la luz y el brillo de su casta, entre 1934 y 1939 actúa en 47 novilladas. Su debut fue en Tetúan de las Victorias el 30 de abril de 1935 y vistió un traje naranja y oro que alquiló al sastre Angel Linares por 125 pesetas. Se hace doctor en toreo una tarde del 2 de julio de 1939 en Sevilla siendo apadrinado por Manuel Jiménez “Chicuelo”, luego confirmaría su alternativa el 12 de octubre de ese año en Madrid con la venia del diestro Marcial Lalanda.


Manolete fue desde el inicio un torero de otra época, diferente, la de España de la postguerra. Aquella España de una nueva generación que quería olvidar y voltearle la cara a las penurias y a las pasiones ensangrentadas. Ahí aparece Manolete, abriendo nuevos horizontes al arte de la tauromaquia que cultivaba con primor. El, acortó las distancias y redujo los movimientos aspavientosos. Cultivó el drama y fundó la escultura en el toreo. Desdeñó lo superfluo y le dio hondura a lo fundamental. Aquellos que lo vieron piel a piel, dicen que jamás se puso de rodillas ante un toro, ni buscó el aplauso en pudibundas actitudes frívolas. En cambio, fuera con la derecha o la izquierda, le impuso un temple inconmensurado al pase natural. Y porque como un dios dulce y justiciero, supo volcarse sobre los morrillos cualquier morrillo de los toros, todos los toros, fue maestro y qué maestro.


Manolete para bien o para mal, cambió la filosofía del toreo. Porque antes de él, la lidia era la adaptación del torero en la ecuación de adecuarse al carácter del toro. Manuel Rodríguez Sánchez en cambio, con su arte y sus terrenos hacia vibrar la esencia de la verdad, su verdad. Porque fue un torero corto pero intenso. Simple pero inimitable. Serio pero arrebatador y heroico. Con el capote apenas dominaba dos lances: la verónica y la media verónica que ejecutaba majestuosamente y con un sello personalísimo. No banderillaba porque carecía de facultades. Por eso aligeraba los dos primeros tercios de la lidia y ansiaba el último que era el de su gloria: la faena de la muleta y la suerte suprema. Y Manolete montaba siempre al volapié nunca mató recibiendo al toro. No obstante, dicen 106 entendidos que tenía un defecto: se quedaba un instante demás en la cara del toro y no realizaba bien el tercer tiempo que lo hacía salir limpiamente del peligro mortal. Y ese defecto le costó la vida.



2.


Muchos se preguntarán ¿por qué y para qué se torea? Y yo digo que por un profundo sentimiento estético e intemporal que se apodera del alma y el espíritu. Porque es el romance más intenso y sensual que existe entre la vida y  la muerte. Porque es un pacto de amor entre el hombre y la bestia en las esencias más puras de un espectáculo que busca continuamente ser menos fiero y brutal, más armónico y más artístico. Y el toreo es sinónimo de cambio y evolución con sus tres pilares: el torero o las formas de torear, el toro para poder hacer ese toreo y el público con sus gustos contextualizados en sociedades con éticas y pautas de comportamiento propias.


Y porque en los toros se muere de verdad –la muerte “fascinante” de Joselito,  de Manolete, de Paquirri y Yiyo– cada muerte de un torero refrenda el riesgo mortal para el artista y estos descesos se encadenan a momentos claves, cuando la fiesta brava era atacada desde adentro o desde afuera con la mayor virulencia. Sólo así se puede concluir  que el toreo, como un acto vivo, destapa su instinto y sentido de la supervivencia y es capaz de sacrificar los seres más queridos de su entraña.

Pero el toreo es arte y muerte –y negocios millonarios dirán otros con toda razón– y en España fue guerra. Porque el Manolete coexistente, vivió y desarrolló su genio (a decir de Gutiérrez Alarcón en su libro “Los toros de la guerra y el franquismo”, Caral editor, Barcelona 1978) en medio y con las secuelas de la guerra civil, la destrucción de las ganaderías y una infame depresión económica.


Manolette vino a Lima dos veces. En la temporada de verano de 1946 y para la primera Feria del Señor de los Milagros de ese mismo año. El siempre recordado Manuel Solari Swayne, “Zeñó Manué” (“Tendido 5 Barrera 25”, Veamos S.A. Editores, Lima 1976) escribió: “Manolete es majestuoso en el andar, arrogante al citar, soberano al muletear por alto, despacioso, todo él, ritmo y parsimonia al correr suave la mano cuando toreaba al natural. Creaba una emoción quieta, silenciosa, para ser paladeada sin desazón ni alboroto. Pontífice de la torería, ejercitaba su profesión como quien realiza un rito”.


El público limeño lo admiró con silencio cómplice. Es que Manolete era la majestad hierética del mito. Y de él se decían cosas, aquellas que guarda el artificio del misterio. Que se le había inventado el toro chico que le había puesto a la fiesta “su impuesto” fenicio y oneroso, que era figura porque era íntimo del generalísimo Franco, que compraba a los cronistas y hasta que sufría de tuberculosis. Lo cierto es que Manolete que fue un hombre honesto y generoso, no acumuló fortuna sino amigos grandes amistades que como dice José Luis de Córdoba en su obra “El toreo en Córdova” (Edit. Nebrija, Madrid, 1980) que aunque formó el cuarteto de los Califas de Córdoba, junto a “Lagartijo”, “Guerrita” y “Machaquito”; Manolete, fue el caso singular y único, y al morir su mirada fue nimbada por el halo luminoso de los elegidos. De los que marcan una norma a seguir y un  ejemplo a imitar.



3.



 Y la feria de San Agustín patrono de Linares no gozaba de mucha solera y ese agosto del 47 abre sus carteles armados por el empresario Pedro Balaña, con los diestros “Gitanillo de Triana”, Manolete y Luis Miguel “Dominguín”. Los toros eran de don Eduardo Miura y estaban originalmente  destinados a la feria de Murcia pero el público de toda la provincia de Jaén exigió aquel ganado al apoderado de Manolete, José Flores, Camará, y aquel jueves 28 de agosto, seis toros de la divisa ya mitológica de Miura son ansiados en Linares. “Islero”, toro negro entrepelao y bragao, marcado con el número 21 y herrado arriba como corresponde a su ascendencia cabrereña, salta a la arena en quinto lugar. Manolete, que aquella tarde lucía su característico traje de rosa pálido y oro, abrevia y llega al último tercio manseando y venciéndose por el pítón derecho; el que hay que cruzar en la estocada. La faena es honrada, apurando las escasas posibilidades que ofrece.


Manuel Rodríguez instrumenta una serie de manoletinas quedando en suerte, siempre, por el lado derecho. Manolete entra a matar cuando el reloj marca las 6 y 41 minutos de la tarde. El estoque se hunde lentamente entrando por todo lo alto del morrilo de “Islero” que, a la vez, clava el pitón en el muslo del torero, haciéndolo girar como un pelele. El toro se aleja a las tablas y el mozo de espadas “Sevillanito” y el apoderado Camará alzan a Manolete apresuradamente, en la desesperación, equivocan el camino del anfermería y han de retroceder sobre sus pasos. “Islero”, dobla y es apuntillado. Las dos orejas y el rabo, premio al pundonor –que lo llevó a cometer el yerro de entrarle a matar tan despacio, tan dejándose ver– de Manolete, le son llevadas a la enfermería.


El parte facultativo decía: “Durante la lidia del quinto toro ingresó en la enfermería el matador Manuel Rodríguez Sánchez, Manolete. Tiene una herida por asta de toro en el ángulo inferior del triángulo de scarpa con una trayectoria de 25 centímetros de longitud, de abajo arriba y  de adentro afuera y ligeramente de delante atrás (sic), con destrozos de fibras musculares del sartorio, faciocridiforme, recto externo, con rotura de la vena safena y contorneado el paquete vásculo nervioso y la arteria femoral en una extensión de 5 centímetros y otra trayectoria hacia abajo, y hacia afuera de unos 20 centímetros de longitud, con intensa hemorragia y fuerte “shock” traumático. Pronóstico: muy grave”. Firmaban el parte los médicos de Jaén, Fernando Garrido Arboledas y Garzón Carbonell.


Decía con aquella majestad del humilde genio, el maestro Félix Arias Schreiber –“Al Alimón”–, en una crónica donde recordaba al gran “califa de Córdoba”, que esa tarde remota del 28 de agosto de 1947, “agonizaba Manolete en medio del vuelo de las moscas y del fastidioso sopor del verano español, tendido en el camastro de la destartalada enfermería del pueblo minero de Linares. Y se moría no el mejor, ni el más artista, ni el más sabio, pero sí, el de  más nítida personalidad del siglo XX.


En realidad, Manolete, a las 8 y 30 de la noche, sufre un enérgico “shock” y pierde muchísima sangre. Así, deciden trasladarlo al hospital de Los Condes de Linares donde los médicos Jiménez Guinea y Tamames, reunidos en consulta con sus colegas, deciden no volverlo a intervenir porque el pulso es muy leve y el matador apenas muestra una tensión de siete a pesar de las ocho transfusiones a que fuera sometido. Las primeras horas del otro día son de frases inconexas. Pregunta por su madre y no por la novia, la hermosa Lupe Sino que aguarda en el vestíbulo del quirófano.


Pide un cigarro. A las 5 de la madrugada del 29 de agosto, en el delirio –según algunos, por habérsele suministrado plasma que no era de su tipo–, como si estuviera en la plaza y quisiera dar una orden a su peón de confianza, Manuel Rodríguez lo llama a gritos; es su última palabra “¡David!”... Agoniza. Y a los 5 y 7 minutos, muere.


Manolete no fue el mejor torero del siglo. Antes que él están Joselito y Belmonte, los insuperables protagonistas de la edad de oro del toreo (1914-1920) –José María de Cossío dixit–, que aparecieron en la misma época y que eran al mismo tiempo diametralmente opuestos.

Y los amantes al toro tuvieron que esperar otro ciclo, aquel que inventó Manuel Rodríguez Sánchez, Manolete. Hoy ha pasado medio siglo de su muerte y sus restos descansan en el cementerio de Nuestra Señora de la Salud donde lo cuida su fiel guardián Leoncio y ante su efigie  están escritos estos versos del poeta valenciano Rafael Duyos: “Aquel que las arenas pisó con más firmeza, yace aquí, bajo el cielo de su Córdoba mora”. Un luto de flores llora sobre su recuerdo, ahí reposa un Torero de toreros, el nombre de una época , el de su amor por el valor y su arte y su hombría. Y qué fácilmente la vida se hace de pronto recuerdo.


(Fragmento deñ libro USTED ES LA CULPABLE, Norma Editores. Lima 2004)

lunes, 25 de agosto de 2014

Alejandro Talavante / OPUS DE LA SENSIBILIDAD SINCERA





Que viene a Lima, a los toros este pedazo de torero, Alejandro Talavante, un joven espada que camina de viejo. Para Talavante, el buen toreo "es sensibilidad, naturalidad y entrega sincera. El abuso de la técnica y de los recursos fáciles te aleja de la pureza y de tus propias raíces. Y me he dado cuenta de que puedo transmitir más a la gente haciendo lo mismo, pero colocándome más derecho, más de frente y más cruzado con los toros".



La mañana de su confirmación de alternativa se perdió por las inmensas galerías del Museo del Prado para evadirse de la responsabilidad que le esperaba. De aquello han pasado siete años, pero Alejandro Talavante (Badajoz, 1987) no lo olvida: "Fue por recomendación de Corbacho para soltar nervios". Por la tarde conquistó la Puerta Grande: "Las decisiones intranscendentes a veces son las que te conducen a situaciones transcendentales. Aquel día yo no veía cuadros, no veía nada, sólo las caras de la gente".
Hablamos de arte, pero al aire punk de Talavante: "A mí me encanta la pintura, sin ningún conocimiento. Me encanta pintar yo, quiero decir. Tengo un cuaderno para mi vida cotidiana y todos los días intento hacer un dibujo distinto. Fue un consejo que dio Joaquín Sabina y lo sigo asiduamente como evasión. Aunque sé que si me parara a comprar material nunca pintaría un cuadro".
Talavante es un torero de una carrera relativamente corta -en tiempos de toreros que se han convertido en corredores de fondo, toda distancia en el tiempo parece desmerecer- y poliédrica. Sus distintas caras (en sus inicios se miraba en el espejo de Joselito, luego en el de José Tomás, más tarde en el del Juli) han desembocado finalmente en cánones de clasicismo de la mano de su nuevo apoderado, Curro Vázquez.
La varita mágica de la conexión con los públicos siempre unió todos los rostros de Alejandro. Sus últimas tres isidradas se cuentan por Puertas Grandes que anulan el borrón del gesto cárdeno de Victorino. Para la música, Talavante también tiene cara A y cara B: "Cada momento es diferente. Hay días de Camarón y días de Mark Knopfler o los Red Hot". ¿Qué banda sonora elige para una tarde en Las Ventas? "No sé... 'Knockin on heavens door' de Bob Dylan".
El torero de Badajoz achaca en gran medida este cambio de mentalidad artística a las conversaciones con su nuevo apoderado, el diestro retirado Curro Vázquez, "que está sacando a la luz mi mejor fondo y me ha hecho tener de nuevo la ilusión de un novillero".
"Yendo por libre con Curro -añade-, me siento más joven, porque la independencia te hace estar siempre en guardia y te hace ser más honesto y sincero con el toro. Lo único que me interesa ahora es vivir para el toreo y prepararme para llegar donde me gustaría estar, porque eso se va a reflejar en el ruedo".
Se da también la circunstancia de que Talavante es el único torero que no ha hecho declaraciones ni ha emitido ningún comunicado de entre los cinco -junto a El Juli, Morante de la Puebla, José María Manzanares y Miguel Ángel Perera- que este invierno se han negado a torear en Sevilla, mientras esté al frente de la Plaza de la Maestranza la empresa Pagés.
"No lo he hecho -explica-, porque creo que la gente que va a verme a la plaza o está interesada en mi carrera ya sabe los motivos exactos de esa decisión, que fue consensuada por todos, desde el mismo momento en que hicimos un comunicado conjunto".
El torero de Badajoz prefiere no incidir en antiguos problemas con la empresa Pagés, porque cree que revelarlos es "una falta de respeto hacia mi propia carrera y podría sonar a chantaje hacia la afición de Sevilla. Eso es ya agua pasada, pero de ahora en adelante afirmo que no estoy dispuesto a aceptar el mismo trato que he recibido de esa empresa en todo este tiempo".
"Lo que sí tengo que decir -insiste- es que en cualquier otro espectáculo el empresario tiene con los artistas un trato muy distinto que el que algunos empresarios taurinos, como los de Sevilla tienen con los toreros".
En ese sentido, Talavante considera que, "en pleno siglo XXI, las relaciones empresariales y mercantiles deben estar regidas por el respeto, al margen de los intereses de las partes. Pero, además de todo eso, si como empresario no defiendes tu producto de cara a los clientes, es que no tienes capacidad para llevar una plaza como la de Sevilla".
En cuanto a su cantada ausencia de los carteles de la Feria de Fallas de Valencia, que comienza también este fin de semana, el extremeño no quiere pensar que se deba a que ya no está siendo apoderado por uno de los grandes grupos empresariales.
"Quiero entender -matiza- que éste sólo es un caso más de falta de acuerdo en la contratación, no como el de Sevlla. Pienso que, si la empresa de Valencia me hubiera querido contratar, lo hubiera hecho, pero tendrían otros planes. Aun así, es cierto que la independencia te obliga a hacer más esfuerzos para defenderte en los despachos".
"Pero todo eso lo tengo ya muy asumido. Lo bueno de esto es que, cuando luchas convencido por una idea, cuando eres absolutamente responsable de tus decisiones, te expresas con más rotunidad delante del toro. Por eso -añade para finalizar- presiento que este va a ser un gran año en mi carrera".