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martes, 7 de octubre de 2014

Mario Vargas Llosa / LA CAPA DE BELMONTE



 

Entender sobre los toros no es tarea fácil. Los que no conocen hablan de barbaridad. Los otros, nosotros, amamos la fiesta porque es parte esencial de nuestras vidas. Juego del gozo y la muerte, los toros forman parte de una tradición en escritores como Mario Vargas Llosa que están comprometidos por los episodios de todos los humanos y no por la rabieta ignorante de los desalmados (EJ).          

                 

La capa de Belmonte fue un objeto mítico de mi infancia y, probablemente, la razón del nacimiento de mi afición a la fiesta de los toros. Pertenecía a mi tío Juan Eguren, el marido de la tía Lala, hermana de mi madre. En la casa tribal de Cochabamba, de la calle Ladislao Cabrera, el tío Juan nos contaba a mí y a mis primas Nancy y Gladys que esa hermosa capa oro y gualda, recamada de pedrerías y testigo de milagrosas faenas en los cosos de España y América, se la había regalado el gran Juan Belmonte a su padre, el primer Eguren que llegó a Arequipa desde su lejana tierra vasca. Eran íntimos amigos, acaso compadres, y el progenitor del tío Juan había acompañado al eximio matador en incontables giras y por eso éste, al separarse, le había regalado en prenda de amistad esa hermosa capa que, en las grandes ocasiones, el tío Juan y la tía Lala desenterraban del baúl donde la tenían guardada, entre coberturas de papel de seda y bolitas de naftalina.

No era un capote de torear sino una capa de adorno, para el paseíllo, pero mi tío Juan la utilizaba igual para citar al invisible astado y con movimientos lentos, rítmicos, de graciosa elegancia, confundir y marear al animal obligándolo a embestir una y otra vez, raspándole el cuerpo, en una danza mortal que a mí y mis primas nos mantenía hipnotizados. Aquellas noches yo salía a las plazas a torear y escuchaba clarines, pasodobles, y veía los tendidos alborotados por los gritos entusiastas y los pañuelos de los aficionados.

Un acontecimiento excepcional de aquellos años fue la llegada al Cine Rex, cercano a la Plaza de Armas de Cochabamba, de la película Sangre y Arena, con Tyrone Power, Linda Darnell, Akim Tomiroff y Rita Hayworth. Gocé, sufrí y soñé tanto con ella -me la sabía de memoria y además la reproducimos varias veces en el vestíbulo y los patios de la profunda casa cochabambina donde vivía la tribu familiar- que nunca he querido volverla a ver, temeroso de que aquella inolvidable historia sentimental, de amores heroicos y corridas épicas, vista hoy día desencantara y aniquilara uno de mis mejores recuerdos de la infancia. ¿Cuántas veces la vimos? Varias y la que más, la prima Gladys, a quien recuerdo echando unos lagrimones la tarde que el tío Juan la mató de pena confirmándole que, definitivamente, una mujer no podía ser torero.

De modo que aquella soleada tarde en que el abuelo Pedro -yo debía andar por los ocho o nueve años de edad- me tomó de la mano y me hizo subir la larga cuesta que conducía a El Alto, aquella cumbre desde la que se divisaba todo el valle de Cochabamba y donde estaba la placita de toros de la ciudad, para presenciar la primera novillada de mi vida, yo era ya poco menos que un experto en tauromaquia. Sabía que una corrida constaba de tres tercios, los nombres de los pases, que los Miuras eran los bichos más bravos y más nobles, y que las banderillas y la pica no se infligían al toro por pura crueldad sino para despertar su gallardía, embravecerlo y, a la vez, paradójicamente, bajarle la cabeza a la altura de la muleta. Pero una cosa era saber todo eso y mucho más, en teoría, y otra ver y tocar la fiesta y vivirla en un estado de trance, emocionado hasta los tuétanos. Todo era hechicero y exaltante en el inolvidable espectáculo: la música, los jaleos de la afición, el colorido de los trajes, los desplantes de los espadas, y los mugidos con que el toro expresaba su dolor y su furia. Elegancia, crueldad, valentía, gracia y violencia se mezclaban en esas imágenes que me acompañaron tanto tiempo. Estoy seguro que al regresar a la casa de Ladislao Cabrera, todavía en estado de fiebre, aquella tarde había tomado ya la resolución inquebrantable de no ser aviador ni marino, sino torero.

Cuando la familia regresó al Perú, en 1945 o 1946, luego de diez años de exilio boliviano, la capa de Belmonte todavía existía y el tío Juan y la tía Lala la mostraban de vez en cuando a los amigos y parientes, en su casita miraflorina de Diego Ferré, donde yo pasé muchos fines de semana y fui tan feliz como lo había sido en Cochabamba. No puedo separar el recuerdo de esa capa de la figura epónima de Mito Mendoza, un primo del tío Juan, que sabía de toros todavía más que éste, y que, hablando de la fiesta, contando corridas célebres y faenas paradigmáticas y chismografías de ganaderos, empresarios y toreros, se excitaba de tal modo que se ponía colorado y accionaba y alzaba la voz como si algo lo hubiera enfurecido. Pero estaba feliz y en esas apoteosis solía exigir que le pusieran en las manos la capa de Belmonte para pasar a la acción. Yo y mis primas hacíamos de toro y era una verdadera felicidad embestir y obedecer el engaño a que nos sometían las diestras manos de Mito Mendoza, a quien admirábamos sin límites, porque de él se decía que, además de torearnos a nosotros, toros inofensivos, había toreado toros de verdad, como torero-señorito, y destacado en las tientas por su dominio de la técnica y su valentía. Mito Mendoza desapareció un día de la casita del tío Juan y la tía Lala y después supimos que había partido a Estados Unidos y que allí, para conseguir la residencia o la nacionalidad, se había enrolado en el Ejército y muerto como combatiente en la lejana y misteriosa guerra de Corea.

El tío Juan, el tío Jorge y el tío Lucho me llevaron muchas veces a los toros, a Acho, la placita de toros colonial, acogedora y de sabor inconfundible, en la que habían toreado Belmonte y Manolete -la más antigua del mundo, después de la de Ronda- que el arquitecto Cartucho Miró Quesada restauró por aquellos años, en que debió inaugurarse la Feria de Octubre, y a la Plaza Monumental, que hizo construir la dictadura de Odría, y que fue una chapuza tan monumental como su nombre. Nunca prendió, la afición jamás se acostumbró a ella, y menos los toreros, y quizás todavía menos los toros que en esa pretenciosa y desmesurada construcción de cemento armado, barrida por los vientos y de atmósfera glacial, se sentían tristes y desbrujulados. Pero allí vi yo algunas corridas memorables, como las que protagonizaba el gran Procuna, torero esquizofrénico, que una tarde huía de los toros empavorecido, amarillo de espanto, arrojando la capa y zambulléndose de cabeza por las defensas si hacía falta, y a la siguiente encandilaba y enloquecía a los tendidos en un despliegue de temeridad y sabiduría con el capote y la muleta que cortaban el habla y la respiración. Y allí vi y oí resonar en el silencio eléctrico de aquella tarde la bofetada que el torero argentino Rovira descargó en las mejillas de Luis Miguel Dominguín, con la que prácticamente se suicidó (taurinamente hablando).

Pero al ídolo de mi juventud, al maestro de los maestros, al quieto, elegante y profundo Ordóñez, restaurador y exponente eximio del toreo rondeño, lo vi por primera vez -en una corrida a la que para entrar empeñé mi máquina de escribir- en la alegre y sabrosa Plaza de Acho, en una soleada tarde de octubre en que la enfervorecida y agradecida multitud lo llevó en hombros, desde el Rímac, hasta el Hotel Bolívar de la Plaza San Martín. No recuerdo haber visto entusiasmo igual ni haber sentido, como esa vez, que lo que ocurría allí en el ruedo era una magia aterradora y excelsa que me asustaba, hechizaba, entristecía y alegraba. Su lentitud, sus poses estatuarias, su serenidad y su dominio del toro, su desprecio del riesgo, tenían algo escalofriante, interpelaban a la muerte y eran belleza en estado puro. Ver torear a Ordóñez casi siempre me levantaba del asiento. Lo vi muchas veces después, en España, en aquellos años de 1958 y 1959 en que gracias a la beca Javier Prado, que obtuve para hacer el doctorado en la Complutense, viví como un pachá. (Recibía ciento diez dólares al mes, lo que en la pobretona España de entonces era una verdadera fortuna) Para ver a Ordóñez tomaba trenes y hacía largos viajes y, por supuesto, concebía fantásticos proyectos literarios: llegar hasta él, amigarnos y acompañarlo por las plazas de toros de toda España a lo largo de una temporada entera, para escribir un libro sobre él que nos, o que en todo caso me, inmortalizaría. 

Un libro que sería mejor que todos los cuentos y ensayos taurinos que había escrito Hemingway, un escritor que yo admiraba mucho y al que leía con pasión, salvo cuando escribía de toros, porque, aunque le gustaban mucho, me daba la impresión de que nunca los entendía a cabalidad, que se quedaba sólo con lo que la fiesta tenía de peor, la brutalidad, y que se le escapaban su misterio, su delicadeza, su estética, y esa extraña virtud de exponernos en ciertos momentos privilegiados, con desnudez total, la condición humana. Y, a propósito, la única vez que vi en persona al autor de El viejo y el mar fue en la Plaza de Toros de Madrid, una tarde de San Isidro, bajando los graderíos de sombra del brazo nada menos que de la deslumbrante Ava Gardner, hacia la barrera. Parecía igual que su mito: grande, fuerte, vital, ávido y feliz, un verdadero dueño del mundo. Y, sin embargo, por debajo de esa apariencia de triunfador, había empezado ya la irremisible decadencia del titán, la intelectual y la física, esa desintegración que lo iría empujando en los años siguientes hacia el disparo de Idaho, como a uno de sus héroes de malograda virilidad, tema obsesivo de sus historias.

¿Qué se hizo de la querida capa de Belmonte que tan bellos recuerdos me trae de mi niñez? Cuando, ya adulto, comencé a preguntarme si aquella capa había pertenecido de verdad a Belmonte el Trágico -como lo llamó Abraham Valdelomar en el delicioso librito que escribió sobre él-, si el abuelo de mis primas Nancy y Gladys y el torero habrían sido de verdad tan amigos, o si todas esas historias que nos contaba el tío Juan para amansarnos cuando éramos niños eran meras fabulaciones que la familia patentó, la capa ya se había eclipsado. ¿Se la robaron? ¿Se extravió en algunas de las muchas mudanzas de que estuvo repleta la historia familiar? ¿Acaso fue vendida en algunas de las crisis económicas que golpearon con dureza, en la etapa final, al tío Juan y a la tía Lala? Nunca lo he sabido. En verdad, no tiene la menor importancia. Esa capa de Belmonte sigue existiendo donde nadie puede dañarla ya, ni perderla, ni apropiársela: en la memoria de un veterano que la preserva, la cuida y la venera como uno de los recuerdos más tiernos y emocionantes de su niñez, esa edad que con toda justicia llaman de oro.


Hemingway / EL REGRESO DEL VERANO PELIGROSO.



  

Escribían en The New York Times el 20 de enero de 1985 que por primera vez se publicaba íntegra la narración de Ernest Hemingway sobre el duelo Dominguín-Ordóñez. The dangerous summer (El verano peligroso) es la crónica sobre la temporada taurina de 1959. Esta edición del libro se realizó tras una minuciosa labor de criba de Scribner y en su momento para la revista Life, el volumen esa vez editado, contiene más de una tercera parte de texto inédito hasta el momento.



  A finales del verano de aquel año, 1960, la revista Life publicó tres entregas sucesivas de The dangerous summer (El verano peligroso), extractadas de un largo manuscrito de Ernest Hemingway. El libro completo, manifestaba Life en la introducción, "será publicado por Scribner el año que viene".El libro nunca se publicó. Sin embargo, Charles Scribner's Sons, editores habituales de Hemingway, publicarán The dangerous summer -el mes de junio próximo, en una versión revisada-, la crónica de Hemingway de la temporada española de toros de 1959.

 

La historia es así. Hemingway abandonó su Finca Vigía en San Francisco de Paula, Cuba, en 1958, y se estableció en Ketchum (Idaho, Estados Unidos). Por ello cuando llegó a España venía de Estados Unidos, a bordo del “Constitución”; desembarcó el 1º de mayo de 1959 en Algeciras y se instaló en La Cónsula.

Su viaje y estancia en España se recogió en una crónica para la revista Life, como ya he comentado, y después acabó en el libro póstumo El verano peligroso (Planeta, 1986). En este viaje estuvo en las fiestas de San Isidro de Madrid y en los Sanfermines de Pamplona y en la Goyesca de Ronda junta a Cayetano, “El Niño de la Palma”, padre de Ordóñez.

Cuando Hemingway viajó de Málaga a Madrid, en coche, siempre conducido por su amigo Davis, se hospedó en el Hotel Suecia, cerca de la calle Alcalá, para asistir a la temporada taurina de las fiestas de San Isidro; su presencia se anunciaba casi como parte del cartel de las fiestas. Ocupaba asiento de barrera; al final de cada corrida la concurrencia se volvía a buscarle para pedirle opinión sobre la faena. La relación de Hemingway con los Ordóñez se inicia en 1953 con Cayetano, El Niño de la Palma y padre de Antonio, que tiene un papel destacado en Muerte en la tarde (1932). Pero es con este último con quien visita “aquella encantadora y extraña ciudad” y su mítica plaza de toros.

A Hemingway le fatigó esta temporada de toros; bebía sin límites, tenía tocado un riñón, por lo que siempre estaba de pie; constantes viajes de feria en feria en un Ford color rosa alquilado y conducido por Bill Davis; los horarios de comidas eran irregulares, las noches se alargaban hasta el amanecer. En este año se enteró de que su amigo Gary Cooper (actor en la película Por quién doblan las campanas) se estaba muriendo por un cáncer de próstata, lo que le conmocionó profundamente, y su propia salud se vio quebrada.

De esta frenética actividad, el escritor argentino Rodrigo Fresán cuenta su versión:

“Entre el 26 y el 31 de ese mes (mayo), Ordóñez tenía corridas en Córdoba, Sevilla, Aranjuez y Granada. Mary, engripada, se quedó en Madrid; pero Hemingway estaba dispuesto a no perderse nada. En Aranjuez, Ordóñez sufrió una leve cornada y allí estaba Hemingway para atenderlo y —ya con trece corridas en su haber— se hizo un alto hasta finales de junio para que el matador se recuperara. El otro matador aprovechó el alto para volver a La Cónsula y arremeter en su lidia privada. “Este es un verano maravilloso”, dijo Hemingway en algún momento mientras las corridas y festejos se sucedían a velocidad de vértigo. Y agregó: “Quien no pueda escribir aquí no podrá escribir en ninguna parte”.

En su artículo de 1959 publicado para la revista LIFE, sus tres grandes personajes centrales son Antonio Ordóñez, Luis Miguel Dominguín y, por encima de ellos, el propio Hemingway. Desde el punto de vista taurino, la obra puede ser calificada como un testimonio original centrado en la competencia que a lo largo de la temporada de 1959 mantuvieron en los ruedos los citados Dominguín y Ordóñez.

Luis Miguel Dominguín, el entonces número 1 del escalafón taurino y recién reaparecido en los ruedos el año anterior, en la plaza argelina de Orán, y Antonio Ordóñez, el aspirante al cetro. Lucha a muerte entre los dos, con una peculiarísima visión, argumentando novelísticamente que ambos iban a morir en el ruedo en su encarnizada lucha por ver quién de ellos cogía el número 1 del escalafón. Dos espadas quienes a su vez eran cuñados y ambos compartían el mismo apoderado.

Una de las primeras corridas que torearon en competencia Luis Miguel y Ordoñez fue en la corrida del centenario de la plaza de Valencia, en el año 1959. Luego lo harían el 14 de agosto en Málaga y el 15 en Bayona. El inmediato 17 compartirían cartel en Ciudad Real y el 21 lo harían en Bilbao. Hemingway estaba dispuesto a tomar parte en ella como espectador, lo mismo que en aquella famosa guerra anterior, cuando sonaron de su mano las campanas al compás de su célebre novela. No en balde dijo cierta vez que una guerra es algo que nadie se quiere perder y, por supuesto, no quería perder ésta.

Aquel verano sus protagonistas se embarcaron en un bimotor de mala muerte, juntas las dos cuadrillas y los diestros, amigos y a la vez rivales. Allí estaba Hemingway apurando su botella de ginebra. En aquel mano a mano se le notaba tomar partido por Ordóñez; había en su admiración un sentimiento de respeto pero también un toque paternalista. El caso fue que la presencia de su ángel tutelar salvó a Ordóñez aquel verano, en el que se veía salir a las plazas a un Dominguín, altivo como siempre, con una brecha grapada a fin de sujetar la carne de una pierna doliente, luchando por concluir la temporada. Después de cada corrida era necesario volver al avión para curar aquella traidora herida que le hacía caminar mal y evitar con dificultad las embestidas peligrosas de sus astados.

De aquel verano sangriento, de aquel famoso triángulo, Luis Miguel-Hemingway-Ordóñez, los toreros vivieron un tiempos más; en cambio, el escritor murió a los pocos años. A la postre, resultó más fiel a sí mismo que con otros. Cuando el alcohol le apretó tanto que no pudo escribir cierta mañana al romper el día, se alzó de su lecho, buscó su rifle favorito y se pegó un tiro, de esta manera puso fin al mejor de sus cuentos antes de entrar para siempre en el sendero de la gloria.

En el vestíbulo del Hotel Suecia de Madrid conoció a la irlandesa Valerie Danby-Smith, que más tarde se convertiría en su secretaria y en nuera del escritor, a quien había venido a entrevistar. Se fueron a las fiestas taurinas del norte de España. Recordemos que el primer viaje a Pamplona lo hizo don Ernesto con su primera mujer, Hadley Richardson, el 6 de julio de 1923. Se cree que acudió a los Sanfermines en 9 ocasiones, la anterior en septiembre de 1956. Luego del periplo de corridas de toros por el norte de España y el accidente en Aranda de Duero, llegaron otra vez a La Cónsula a seguir con la feria de agosto de Málaga, y al Hotel Miramar.


Cuenta Valerie al periodista César Coca que pasó dos años con Hemingway y veinte con su hijo. Se habían conocido en los funerales del padre. “Ernest tuvo mucho éxito y era el centro de atención allá donde iba. Eso aumentó su egocentrismo. Pero también era sorprendentemente considerado con los demás y muy generoso con los escritores jóvenes”. Valerie fue seducida por la estela de jarana e intensidad vital que acompañaba al escritor por donde iba: formó parte de su cuadrilla, bailó por Pamplona hasta la salida del sol y aquel hombre le ofreció un sueldo de 250 dólares al mes.

Al final del verano de 1959, y cuando parte de España, se dirige a su Finca Vigía en Cuba, ya que aparecen fotografías de Hemingway y Fidel Castro el 15 mayo de 1960, durante la celebración del Torneo Anual de pesca de la Aguja, en la localidad habanera de Cojímar, de donde era el protagonista de El viejo y el mar (1952), con el que ganó el Pulitzer en el año siguiente. Vemos a Fidel y a Ernest juntos en una foto tomada por el fotógrafo cubano Osvaldo Salas.

En realidad Hemingway y Fidel no eran amigos ni se conocían. Lo que sucedió es que ese día del torneo de pesca, Fidel acudió porque iba ser el juez, pero insistió en participar y ganó el trofeo. La foto recoge el momento en que Ernest entrega el trofeo a Fidel. Esta foto la usó el régimen dictatorial de Castro como icono de la revolución. En realidad Hemingway guardaba por Castro un marcado rencor por la muerte de Manolo Castro, su amigo personal desde la época de la Guerra Civil Española. El 22 de mayo de 1948, un grupo de desconocidos matones acribilló a balazos en una calle de La Habana Vieja a Manolo Castro.

Dicen los reaccionarios que en 1960 el régimen castrista le expropió la casa Finca Vigía y se apropió de sus pertenencias, algunas fueron sacadas ilegalmente de Cuba, lo que le causó una fuerte decepción y depresión, sobre todo cuando él había depositado la medalla de oro del Premio Nobel de Literatura a la Virgen de la Caridad en el Santuario del Cobre. Hoy en La Bodeguita del Medio y El Floridita, se sirve el conocido “Papá Hemingway Daiquirí”, una mezcla de limón, toronja, maraschino y “doble ron” y que cuesta $6 dólares el trago.

Los libros que se publicaron póstumamente incluyen París era una fiesta (1964), un relato de sus primeros años en París y España, Enviado especial (1967), que reúne sus artículos y reportajes periodísticos, Primeros artículos (1970), la novela del mar Islas en el golfo (1970) y la inacabada El jardín del Edén (1986) y El verano peligroso en 1986. Dejó sin publicar 3.000 páginas de manuscritos.